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ESE DELICIOSO ESTADO LLAMADO LOCURA - CAPITULO I

Posted by criscarmona on 8:20
La admiraba por muchas cosas, por distintas razones, por pequeñas minucias que tan sólo yo entendía. La adoraba, deseaba tenerla junto a mi cada minuto del día, igual que un drogadicto desea estar suspendido en ese viaje escalofriante toda la eternidad.
No era amor lo que yo sentía, aunque hubo veces que así lo creí. Pero con el tiempo me di cuenta de que no lo era. Por ella sentía algo inexplicable, algo especial, algo enfermizo que parecía no agotarse nunca. Incluso cuando ella decía que me odiaba, esa cosa que tenía en mi interior, crecía todavía más y entonces ansiaba, con más fuerza que nunca, poder saborear el tiempo a su lado.
Me convertí en su sombra, en su sierva, en la que manejaba a su antojo y en la que moldeó según le convino para que pudiera estar a su altura, para que pudiera compartir el mismo aire que respiraba, el mismo ambiente del que se rodeaba. Diana fue mi maestra en cierto modo, porque ella me enseñó a vivir la vida de una forma distinta. Ella me enseñó a poder soñar despierta y a no tener miedo de sentir cosas inexplicables que tan sólo yo pudiera entender muy dentro de mi.
La primera vez que vi a Diana fue en verano, en la feria que se organizaba cerca del muelle. Era una feria bonita, pequeña pero hermosa, que te invitaba a pasear entre sus tiendecitas para seducirte con productos extravagantes que durante todo el año no podías encontrar en ningún otro lugar. Diana paseaba por aquellos callejones artificiales, aquel laberinto de colores inusuales cargado de gente dando voces y mostrando sus mejores encantos para hacerte comprar algún objeto. Se detuvo delante de uno de aquellos tenderetes y estuvo hablando durante unos minutos con un chaval de aspecto ridículo que lucía una especie de túnica de color celeste y el pelo adornado con mil trenzas minúsculas terminadas con diminutas bolitas de colores. Coqueteaba con él, se mostraba encantadora y sonreía todo el rato hasta que se marchó de allí.
Me llamó la atención su larga melena casi roja como el fuego, que se movía ondulante ante todos los que la rodeaban, provocadora de miradas insinuantes. Y ella sabía de sobras que la miraban, que era el centro de atención, pero no hacía el menor caso a lo que ocurría a su alrededor. Terminó su paseo por la feria y desapareció por una calle cargada de bolsas y paquetes que contenían tesoros únicos para ella y baratijas para los demás.
Durante aquella tarde, no me la quité de la cabeza... tan espectacular fue para mi verla pasear por la feria, que no podía evitar pensar en ella. Fantaseaba sobre cuál sería su nombre, sobre el lugar donde podría vivir, sobre sus secretos... inventaba situaciones en las que ella aparecía de repente y venía hacia mi para charlar un rato, como si fuéramos las mejores amigas del mundo.
Hacía demasiado tiempo que no tenía a alguien a mi lado, alguien con quien compartir los secretos, los momentos difíciles y las noches de fantasía.
Dado que mi vida carecía de interés para los demás, o al menos era lo que yo había querido conseguir, había sido abandonada por todos los que me rodeaban. Y, sola, me había perdido en un mundo imaginario lleno de personajes transparentes que carecían de alma propia.
Cuando llegaba a casa, me encerraba en mi habitación y mantenía largas conversaciones con mis amigos imaginarios. Mi madre sabía que cuando me cerraba con llave, no tenía ganas de hablar con nadie, que quería estar sola. Así que cuando oía el metálico sonido del cerrojo, optaba por largarse a dar una vuelta o por poner la televisión demasiado alta. Hacía cualquier cosa con tal de no oír mi voz conversando con la nada. No quería creerse del todo que su hija, o sea yo, estaba zumbada y que lo que necesitaba de verdad no era plena libertad para hacer lo que quisiera, sino la ayuda de alguien que escuchara sus problemas e hiciera un diagnóstico médico con palabras ininteligibles con una receta cargada de medicamentos con la fuerza suficiente para tumbar a un regimiento entero.
Aquel mismo día, después de haber pasado toda la tarde en mi habitación, después de haber consumido tres chocolatinas gigantes sazonadas con cerveza y fumado casi un paquete de Lucky entero, decidí salir. Tenía ganas de hacer algo distinto a lo que había estado haciendo durante las tres últimas semanas, así que salí de allí y caminé por el largo pasillo que permanecía a oscuras. La casa parecía estar vacía, pero en cuanto me aproximé al salón, descubrí los destellos que salían despedidos del televisor para proyectarse encima de la figura de mi madre que reposaba sobre el sofá. En seguida advirtió mi presencia y levantó el cuello hacia arriba, hasta que consiguió asomarse por encima del respaldo. “¿Te ocurre algo?” preguntó con mucha tranquilidad y sin mirarme a los ojos, casi como si le hablara al vacío. Moví la cabeza diciendo que no y me di media vuelta para volver a mi habitación.
Una vez dentro, me estiré en la cama para preguntarme una y otra vez si sería buena idea salir de aquella casa y pasarlo bien durante unas cuantas horas. Entonces, cuando mi imaginación proyectaba las imágenes de mi misma borracha en alguna barra sucia y oscura, recordé que mi querido vecino de abajo me había pedido más de una vez que saliera con él al bar de la plaza. Era una especie de pocilga donde se reunían todos los de nuestra edad para emborracharse y consumir drogas con muchíssima tranquilidad y seguridad, ya que el dueño del local lo permitía (a cambio de un porcentaje un tanto elevado del trapicheo que corría por allí dentro).
Me vestí con mi ropa de color negro y bajé a buscar a mi vecino. Cuando abrió la puerta y me vio se quedó petrificado y con la boca abierta. Tras unos segundos de silencio me hizo entrar en su casa y me quedé esperando en su salón con su madre. Tuve que sonreír repetidas veces a los comentarios falsos que salían de su estúpida boca hasta que por fin estuvo listo para salir y nos escabullimos por el pasillo.
Rafa era demasiado listo, pero cuando se trataba de mí, siempre perdía la cabeza. Conmigo nunca ganaba, porque yo era más lista que él y podía ver a través de sus transparencias. Sin darse cuenta se transformaba en un libro más que abierto.
Paseábamos el uno junto al otro con la mirada fija en el suelo observando como nuestras sombras se iban deformando, a cada paso que dábamos, por el toque de luz amarillenta que nos brindaban las farolas de la ciudad. De pronto, giró su cabeza bruscamente hasta toparse conmigo, esperando a que yo hiciera lo mismo.

-¿Qué quieres?.-pregunté sin levantar mi cabeza.
-¿A qué ha venido este cambio de idea? Ya me había dado por vencido contigo.
-Pues esta debe de ser tu noche de suerte.
Volvió a fijar su mirada en el suelo y siguió en silencio dando por acabado su estúpido interrogatorio.
Unos minutos más tarde, después de haber caminado por los callejones lúgubres y bastante asquerosos de aquella estúpida ciudad a la que odiaba con todas mis fuerzas, llegamos al Cosmos. Pero antes de llegar a su puerta me cogió del brazo y me hizo parar.

-¿Seguro que quieres entrar?
-Rafa, ¿por qué eres tan idiota?
-De acuerdo, entremos.
Así que cogió mi mano con mucha suavidad y juntos atravesamos las masas acumuladas en la puerta, grupos de adolescentes risueños por haberse fumado demasiados porros y bebido demasiadas birras y que vestían camisetas indies con mucho orgullo.
Al abrirse las puertas de aquel sitio, un cúmulo de miradas grotescas se posaron sobre nosotros, miradas de un segundo que volvieron a su lugar de origen tras haber examinado quienes éramos. Fuimos directamente a la barra, dónde el camarero nos sirvió un par de cervezas y luego Rafa volvió a cogerme de la mano y me arrastró hacia una mesa en la que estaban sus amigos.
“Tranquila, no muerden. Son buena gente” me susurró al oído.
¿Rafa tenía buenos amigos? Todavía hoy sigo haciéndome la misma pregunta y dudo que sepa lo que es un buen amigo o que lo haya tenido alguna vez... un buen amigo, como lo fue Diana para mi en su momento.
Diana tenía todo lo que podía imaginar, se transformó en mi ejemplo a seguir, en alguien inalcanzable al que yo deseaba con todas mis fuerzas. Rafa odiaba a Diana, jamás tuvo el valor ni las ganas de quererla, aunque solo lo hubiese hecho por mi. Decía que era odiosa y creída y que no se merecía mi devoción en absoluto. A Rafa, mi relación con Diana, le supuso un gran tormento.
Aquella noche me puse un pantalón de cuero negro que me estaba demasiado ajustado y que casi no me dejaba respirar y una camiseta de color púrpura que se pegaba a mi cuerpo de tal manera, que creía no llevar nada puesto encima. Me había pintado los labios de un morado imposible y los ojos con rímel negro, así que mi rostro se veía más pálido que de costumbre. A mi me gustaba demasiado aquél color pergamino de mi piel, en cambio mi madre lo odiaba... de hecho, odiaba todo lo que tuviera que ver conmigo.
Los amigos de Rafa, me miraron de arriba a bajo durante unos segundos y tras el examen al que me habían sometido, alguien dijo “Dalila, sabes que con esos pantalones estás muy buena?” y Rafa me cogió de la mano otra vez y me sonrió, luego cogió un par de sillas e hizo que me sentara a su lado.
Rafa también vestía siempre de negro. Se pusiera lo que se pusiera, camisetas, sudaderas, pantalones... lo que fuera, siempre eran de color negro. El negro le daba un aire melancólico y fúnebre que a mi me volvía loca. Y hasta aquel preciso día no me había dado cuenta.
Rafa era encantadoramente especial y vivía, al igual que yo, en un submundo creado por la imaginación en el que tan solo un par de chiflados como nosotros podían entrar. Siempre estaba leyendo libros enormes que tenían cubiertas extrañas, y siempre que hablaba con sus amigos citaba pasajes de esos libros, orgulloso de haberlos aprendido y de entenderlos, a su manera claro. Iba a todas partes acompañado por un cuaderno azul cielo, en cuya portada había la foto de una preciosa mujer con los ojos cerrados y enfundada en un vestido de terciopelo negro, sujetando entre sus manos una enorme rosa de color rojo. En ese cuaderno anotaba cosas, pensamientos, pedazos de su vida que quería inmortalizar y que sabía que en su almacén llamado recuerdo podrían perderse.
Sus amigos eran unos raros personajes que solo vivían para disfrutar de la noches cargadas de alcohol y cocaína. Se perdían por un trago de Jack Daniel’s y un gramo de polvo blanco, y hacían verdaderos esfuerzos para consumir ambas cosas durante todas las horas de oscuridad.
María era como una vampira hambrienta de sangre. Su aspecto gélido era tan inquietante, que era imposible apartar la mirada. Era demasiado delgada y sus huesos parecían querer reventar aquel velo que tenía por piel. Pero a pesar de su frágil aspecto, era increíblemente bella y enamoraba a cualquiera que se fijase en ella... siempre conseguía lo que quería.
En cambio, Ana era tan estúpida que a los pocos segundos de haberla conocido ya te habías arrepentido de ello. Sus ojos verdes estaban cargados de odio que te transmitía con sólo mirarte un instante. Sólo conseguía amansar la bestia que llevaba dentro haciéndola callar con los largos baños del licor acaramelado que no cesaba de tomar mientras estaba en el Cosmos.
Roberto y Daniel eran estupendos, eran una especie de bomba de relojería a punto de estallar y que estallaba en el instante preciso. Con ellos era imposible aburrirse, con ellos podías incluso llegar a pensar que eras feliz y que la vida era algo inquietantemente bello. Los dos eran iguales, dos figuras enfundadas en abrigos de piel y con melenas larguísimas.
Estuvimos en el bar durante tres largas horas, hasta que nos echaron y Rafa decidiera ir a otro. Entonces, después de caminar casi una media hora calle abajo con la sonrisa tonta que se había instalado en mi boca, llegamos al London’s. Era un local oscuro, con las paredes pintadas de negro y el techo adornado con luces de neón. Nos acomodamos en un rincón y mientras Rafa intentaba acercarse a mi sin tener mucho éxito, volví a ver a Diana por segunda vez en aquél extraño día.
Estaba bailando sola, o al menos eso me pareció a mi, porque cuando la descubrí en medio de aquella gran masa humana vestida de negro riguroso, conseguí hacer desaparecer cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino. Danzaba al son de los Nine inch nails, coordinando sus sensuales movimientos de cadera con la deliciosa voz de Trent Reznor. Cuando me hallaba a escasos metros de ella, un tipo bastante alto y con aspecto de tener pocos amigos la abrazó y le dio un beso demasiado húmedo y largo como para que fuera sólo un simple amigo. De repente, todo el vacío que había creado a mi alrededor se volvió a llenar por los gritos alborotados provinentes de los sudorosos siniestros que me rodeaban.
Rafa apareció de la nada para abrazarme, esta vez con más éxito que nunca, puesto que no pude resistirme a sus encantos. Le besé una y otra vez, con más deseo, hasta que conseguí saciar la rabia que llevaba dentro.
Cuando la noche terminó y Rafa y yo nos encontrábamos frente a la puerta de mi casa, me dijo que aquella noche había sido genial y que podríamos repetirlo al día siguiente. Me quedé inmóvil durante un par de segundos y luego di media vuelta para esconderme en mi territorio.
Me sentía frustrada, hecha un asco porque Rafa me estaba asfixiando. La simple idea de imaginármelo otra vez junto a mi, besando mis labios, abrazándome me producía nauseas.
De nuevo estirada en mi cama y con un cigarrillo en la mano, observaba como todas mis cosas iban tomando la forma precisa a medida que se iluminaban por la luz que penetraba a través de las persianas. Estaba amaneciendo demasiado deprisa y pronto mi madre se despertaría y se dedicaría ha hacer el mayor ruido posible para no dejarme descansar... se creía muy lista. Así que apagué el cigarrillo y cerré los ojos intentando imaginar a Diana en el London’s bailando conmigo igual que lo hacía con aquel tipo extrañamente alto.
 

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